El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald

El gran Gatsby, considerada por muchos como la mejor novela norteamericana del siglo XX, se publicó en el año 1925.  A pesar de que sus ventas fueron casi marginales en un principio, tras la muerte de su autor, Francis Scott Fitzgerald, y la reedición de la novela, rápidamente se convirtió en un exitoso bestseller que hoy en día es lectura obligada en institutos y universidades de todo el planeta.

 

El Gran Gastby. Críticos del prestigio de T.S. Eliot, Edmund Wilson o Lionel Trilling han afirmado que El gran Gatsby es una de las más importantes obras escritas en lengua inglesa. Lo cierto es que cada día, la novela no hace más que consolidarse como uno de los hitos de la literatura universal. Sus continuas reediciones son síntoma de que la historia que cuenta, pese a ambientarse hace casi un siglo, está de plena vigencia para el lector actual, al retratarnos con una eficacia sorprendente la amargura del fracaso humano con un estilo aparentemente sencillo por su simplicidad formal. La novela de Fitzgerald ocupa el número 46 en la selección realizada por el periódico francés Le Monde de los 100 libros básicos del siglo XX.

Argumento. En sus páginas, El gran Gatsby nos cuenta la historia de Jay Gatsby, un misterioso millonario que no acaba de encajar en la alta sociedad de Nueva York y Long Island de los años veinte. Su fortuna, de origen incierto, incluso insinuando un proceso turbio, es objeto de todo tipo de rumores para una élite económica que se niega a aceptarlo en su círculo, y pese a organizar lujosas fiestas en su deslumbrante mansión, se nos retrata a un hombre solitario que solamente pretende introducirse en ese mundo de opulencia por una razón que lo atormenta: la obsesión por recuperar un antiguo amor de juventud.

En las primeras páginas, Fitzgerald se arriesga al intentar situar al lector en la sociedad hipócrita, aburrida y frívola de las grandes fortunas de los años veinte, pero rápidamente, al introducir al carismático protagonista y su exquisita historia de amor, la lectura se vuelve fascinante y adictiva.

A medida que nos sumergimos en la novela, somos testigos de los intentos de Gatsby porvolver a conquistar a Daisy Buchanan, personaje femenino acostumbrado a todo tipo de lujos que años atrás renunció al protagonista por no ver en él a un prometedor hombre con éxito financiero. Dichos intentos parecen tener éxito cuando se produce el reencuentro en una suntuosa fiesta organizada por Gatsby, aunque pronto descubriremos que el trágico destino es inevitable para un hombre como él. Daisy está ahora casada con el millonario Tom Buchanan, personaje antitético a Gatsby, que despierta la antipatía del lector por sus reaccionarias ideas, entre las que incluso defiende la supremacía de la raza blanca. Este triángulo amoroso, rodeado de un entorno visiblemente hostil, entre negocios poco lícitos y tristes ilusiones, llevará a un desenlace que ya se intuía condenado al fracaso para Gatsby, obsesionado por alcanzar lo inalcanzable.

El narrador. El gran Gatsby está contada bajo el punto de vista de Nick Carraway, primo de El autor de Daisy, cuya óptica de la narración aparentemente desordenada y confusa nos va dando sin embargo jugosos fragmentos para comprender paulatinamente las claves vitales del misterioso protagonista.

Entre líneas, se percibe una continua crítica social al reflejar una sociedad mezquina que desprecia a Gatsby y sólo busca el hedonismo y la decadencia en frívolos ágapes. Fitzgerald sorprende con una ambientación magistral de los felices y despreocupados años 20, cuando la guerra estaba lejana y todo era posible. El jazz, el cinematógrafo, la libertad sexual, la especulación financiera y las big bands están presentes en todo momento en El gran Gatsby como complemento a la historia del millonario protagonista, un individuo soñador capaz de cambiar su nombre y status social por amor. Un hombre que se va desmoronando cuanto más se acerca a su sueño, que no es otra cosa que  volver a resucitar la felicidad del pasado.

En muchos aspectos, Gatsby bien podría ser una especie de Don Quijote, un ser romántico, imaginativo e idealista, un hombre obstinado en volver a alcanzar lo que ya se le había quitado, comprometido con una lucha perdida de antemano. Al no poder o no querer ver la realidad, no se da cuenta de que la hipócrita sociedad que ya lo había rechazado en el pasado, esa que ahora acude a sus fiestas, sólo quiere deshacerse nuevamente de él.

El Gran Gatsby Francis Scott FitzgeraldBiografía de Francis Scott Fitzgerald. Fitzgerald fue una de las cabezas visibles de la llamada “Generación perdida”, grupo de narradores norteamericanos nacidos a finales del siglo XIX que vivieron la Primera Guerra Mundial, sufriendo de un modo u otro sus terribles consecuencias. Entre ellos, destacan escritores de la talla de los flamantes Premios Nobel Ernest Hemingway, John Steinbeck y William Faulkner.

Más que por su afinidad estética, a los miembros de esta generación les unió su estancia en París, donde vivieron (y bebieron) en los años 20. De hecho, el término de Generación Perdida fue acuñado por Gertrude Stein, que en aquellos años acogió a los jóvenes escritores norteamericanos en su casa de la capital gala.

La vida del autor de El gran Gatsby es, como otros miembros de esa generación, muy trágica. Pese a unos prometedores inicios como escritor de relatos en revistas especializadas (El curioso caso de Benjamin Button de 1921 o Cuentos de la edad del jazz de 1922 son ejemplos de sobra conocidos), sus ingresos como novelista fueron siempre minúsculos y sumado a una desastrosa vida amorosa, hicieron caer a Fitzgerald en un profundo alcoholismo del que nunca se recuperaría.

Su esposa, Zelda, aquejada de esquizofrenia fue ingresada en un asilo en los años 30 y el autor se vio obligado a ganarse la vida como escritor comercial y guionista de Hollywood. Para la Metro Goldwyn Mayer escribiría varias películas que no llegaron a trascender, aunque ayudaron con las asfixiantes carencias económicas en las que estaba atrapado en esos años.

Tras separarse de una Zelda ya totalmente demente, vivió sus últimos años en un pequeño y anónimo apartamento de Hollywood, donde sufriría varios ataques cardíacos. Ignorando todo consejo médico, Fitzgerald siguió bebiendo cada vez más hasta que perdió la vida en diciembre de 1940. Vivía prácticamente en la indigencia, enfermo y delirante, sin alcanzar nunca el ansiado éxito que sí le llegaría póstumamente.

Éxito póstumo de El gran Gatsby. El gran Gatsby apenas había vendido 24.000 ejemplares cuando la muerte llamó a la puerta de Francis Scott Fitzgerald. Y durante la depresión de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial en los cuarenta, tanto el libro como el autor habían sido ya olvidados.

No fue hasta su reedición en la década de los cincuenta cuando cientos de miles de lectores descubrieron la que hoy es considerada casi unánimemente como la novela más importante escrita en los Estados Unidos en el siglo XX. Muy pronto, su lectura fue declarada obligatoria para los estudiantes de todas las escuelas de los Estados Unidos y posteriormente del mundo.

Actualmente, El gran Gatsby no es solo es considerada la novela que mejor describe los años 20, sino que representa todo un símbolo de ese trepidante y frenético siglo XX. Su autor, en su época casi denostado, es ahora todo un icono de la literatura gracias sobre todo a El gran Gatsby. Así lo legitiman su excelente enfoque narrativo, la sutil y compleja belleza con la que describe paisajes y atmósferas y el magnífico tratamiento de los diálogos que llenan de vida a unos personajes, unos seres condenados de manera irremediable a la tragedia, cuya historia de amor imposible radiografía a la perfección el trampantojo que supone el llamado sueño americano.

Fragmento de El gran Gatsby: “A lo largo de las noches del verano llegaba la música desde la casa de mi vecino. Por sus jardines azules se paseaban hombres y mujeres cual chapolas, en medio de susurros, champaña y estrellas. En las tardes, cuando la marea estaba alta, yo veía a sus huéspedes zambullirse en el agua desde la torre de su plataforma flotante, o tomar el sol en la arena caliente de su playa, mientras sus dos botes de motor cortaban las aguas del estuario, arrastrando los deslizadores sobre cataratas de espuma. En los fines de semana, su Rolls Royce se convertía en ómnibus para traer y llevar grupos de la ciudad entre las nueve de la mañana y hasta mucho después de la media noche, mientras su camioneta correteaba corno un vivaz insecto amarillo al encuentro de todos los trenes. Y los lunes, ocho sirvientes, incluyendo al jardinero adicional, trabajaban el día entero con escobas y trapeadoras, martillos y tijeras de jardinería, en la reparación de los destrozos de la noche anterior.

Cada viernes llegaban, enviadas por un frutero de Nueva York, cinco cajas de naranjas y limones; y cada lunes, esas mismas naranjas y esos mismos limones salían por su puerta trasera, convertidos en una pirámide de mitades despulpadas. En la cocina había una máquina que podía extraer el jugo de doscientas naranjas en media hora si el dedo pulgar de un mayordomo apretaba un botoncito doscientas veces.

Por lo menos, una vez cada quince días un equipo de banqueteros bajaba con una lona de varios cientos de pies y suficientes luces de color para convertir el enorme jardín de Gatsby en un árbol de navidad. Sobre las mesas del bufet, guarnecidos con brillantes pasabocas, se apilaban las condimentadas carnes frías contra las ensaladas con diseños abigarrados, los cerdos de pastel y los pavos, fascinantes en su oro oscuro. En el vestíbulo principal habían instalado un bar con tina barra de cobre legítimo, bien aperado de ginebras, licores, y cordiales olvidados hace tanto, que la mayor parte de las invitadas eran demasiado jóvenes para distinguir los unos de los otros.

Hacia las siete de la noche llega la orquesta, que no era un conjunto de cuatro o cinco pelagatos, sino todo un foso de oboes y trombones, saxos y violas, cornetas y pícolos, bongos y tambores. Los últimos nadadores ya han subido de la playa y se están vistiendo arriba; los autos de Nueva York están parqueados de a cinco en fondo en la explanada, y ya los vestíbulos, salones y terrazas exhiben los llamativos colores primarios; los cabellos están motilados a la extravagante moda, y los chales superan los sueños de Castilla. El bar está a plena marcha, y rondas flotantes de cocteles permean el jardín exterior, hasta que la atmósfera se llena de risas, y charlas, y de insinuaciones casuales, y de presentaciones olvidadas en el acto, y de encuentros entusiastas entre damas que nunca se acuerdan de sus respectivos nombres”.


(“El Gran Gatsby”, capitulo III)

Actualizado (Lunes, 28 de Mayo de 2012 08:24)

 

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